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Viveiros de Castro nos plantea que existen matrices ontológicas afines entre los Andes y la Amazonía, una forma de pensamiento común, donde por supuesto cada comunidad también tiene sus singularidades. Sin embargo, aquello que une a estos modos de estar en el mundo es la idea de que existen múltiples naturalezas y una sola cultura. En este contexto, las fronteras del ser persona se desdibujan y dejan de estar atribuidas solo al homosapiens. Así, la humanidad se transforma en una esencia fluida capaz de habitar todo cuanto nos rodea. Los hitos de la geografía, vegetales, animales, cosas y eventos meteorológicos tienen agencia - capacidad de acción- y juegan un rol activo en el entramado socionatural. Desde esta perspectiva, la asimétrica y jerárquica división que se ha realizado entre la naturaleza y la cultura por el pensamiento impuesto sobre nuestro territorio se diluye: Una piedra puede crecer; al litre lo tenemos que saludar; el compartir alimentos con un cerro es una acción auspiciosa; los pájaros tienen que ser escuchados para conocer el clima; las siembras se rigen por los ciclos de la luna; las aguas nos susurran melodías propiciatorias.


Las derivas multidisciplinarias que son el eje de este proyecto, nos invitan al acto decolonial de despojarnos del sensorio occidental. Cinco sentidos categorizados y compartimentados han sido una verdad tan poderosa que han logrado afectar a las artes, también dividiéndolas en un sistema. El cual como archivo ha penetrado a las praxis de la enseñanza y de las políticas públicas, de nuestros nacientes estados nación. Así, en el libro, en la escuela y en la educación superior el arte dividido y pasado por el cedazo de la razón, ha perdido su poder genésico siendo una anécdota que aislada puede ser prescindida por la sociedad.


Sin embargo, vemos en las prácticas que han logrado sobrevivir en nuestro territorio los años de colonia y de estado nación, como el arte se indexa y se integra en las prácticas devocionales y propiciatorias. Todos los sentidos se entretejen y mezclan en los despliegues sensoriales irrestrictos de la procesión de origen sincrético para Carmen en la Tirana, Rosario en Andacollo, Pedro en la caleta de Loncura, o de en el caso del pueblo Mapuche en el Nguillatun. Sonidos, desplazamientos corporales, colores de las vestimentas, flores, hierbas y olores de los alimentos compartidos se articulan en una confluencia donde el arte no es el espacio de un especialista. El arte es un espacio de cohesión social básico y vital para asegurar el buen devenir y la prosperidad de la común unidad.


Con espacios multitemporales que pueden ser penetrados y con los sentidos disueltos, este proyecto que propone al Mapocho como un valle sagrado, se plantea en palabras de su creadora Amaranta Espinoza: “... como un espacio creativo donde construir reflexiones diversas y colectivas para repensar las memorias como ríos, en permanente movimiento y transformación, portadoras de un caudal denso, cuya contemplación nos permite develar sentidos e identidades que nos vinculan y construyen territorio.” Así, la propuesta se activa en derivas y acciones que reúnen a diversas colectividades en sitios específicos. Planteando al arte como una experiencia efímera, vivida y espontánea. La experiencia y acción artística no se construye entonces en búsqueda de resultados, sino que se establece como metodología para investigar y conocer desde la exploración creativa: La obra es el proceso.


Las memorias que brotan desde las experiencias guiadas y los sentidos, se constituyen como un espacio democrático. Los contenidos salen de sus fronteras disciplinares a jugar en un encuentro de formas de ser y vivenciar la realidad. Una suerte de conciencia se empieza a esbozar en donde antiguas ideas son comunicadas, sentidas, vividas y compartidas. Así van teniendo una remanencia que dibuja nuevas formas para ser, estar, crear y conocer. Se despierta de este modo una nueva forma de sentir en donde no somos sólo nosotros quienes habitamos el territorio, es el territorio quién también nos habita.


Los binarismos cultura naturaleza, sujeto y objeto, doméstico y salvaje se disuelven para dar paso a un entramado rizomático. Cual cyborg de Haraway, las derivas por el valle surcado por este río lleno de memorias, nos enlazan y generan nuevos vínculos con aquellas fuerzas animadas que por momentos nos enseñaron carecían de humanidad. El anhelo se dibuja con fé en la afectividad de la performance, así se despierta el sueño de un territorio vivo que nos empieza a acurrucar.

Francisca Gili
Mayo 2023